domingo, 5 de abril de 2026

Pregón de Mª Emma López de la Pascua 2026 de Cacabelos

 

Mª Emma durante la lectura de su pregón

Buenas noches a todos los vecinos y vecinas de Cacabelos, a todos los que, por diferentes motivos, os toca vivir lejos y que en estos días volvéis a casa para disfrutar de las fiestas entre familia y amigos. Porque si algo tenemos claro todo slos que estamos aquí es que, por muy lejos que nos vayamos, la tierriña siempre tira. 

Mi agradecimiento a la comisión de fiestas, a Tania, a la alcaldesa Irene y a todo el equipo de gobierno por acordarse de mí para compartir con todos vosotros este momento. Confieso que cuando me llamaron me sentí gratamente sorprendida y muy ilusionada. Pensé en todo lo que tengo que agradecer a Cacabelos y a sus gentes. ¿Qué puedo aportar yo a mi pueblo? ¿Cómo devuelvo en unas palabras tantos años de cariño?

No sé si puedo devolverlo, pero sí os puedo contar lo que este pueblo ha hecho en mí.

Pasé mi infancia entre Carracedelo y Cacabelos. Desde pequeña me apuntaba a casi todo lo que en ese momento iba apareciendo: practiqué gimnasia rítmica, karate, toqué el violín en la escuela de música. Estudié aquí, disfruté de veranos largos de baños en el río Cua y de ver la plaza completamente llena.  

Tengo que decir que en casa siempre resonó un deporte. En Pascua, precisamente aquí, delante del Ayuntamiento, se congregaba un montón de gente viendo a unos muchachos levantar pesas, con el público impresionado y alguno que hasta se animaba a salir. Uno de esos muchachos es mi padre, Juan José.

La halterofilia es un deporte que ha llevado el nombre de Cacabelos por todo el mundo. Levantadores como Miguel Ángel López Morán, figura nacional e internacional, Matías Fernández, que años más tarde sería mi seleccionador en la Blume, y muchos más que me dejo en el tintero. Siempre bajo la dirección de un hombre que ha sido para mí un referente de constancia, grandeza y trabajo bien hecho: Santos Uría, en paz descanse. Un saludo y mi eterno agradecimiento a toda su familia.

Empecé a entrenar halterofilia con mi hermano mayor, Juan, en Camponaraya en2004. Y yo creo que sin darme cuenta, ahí empezó todo. En aquel momento la halterofilia no era un deporte en el que se viera a muchas mujeres levantando. Pero a mí me gustaba y siempre lo tuve claro. Y otra cosa no,pero ya lo dice mi abuela: que a cabezona no me gana nadie.

También porque antes hubo gente que abrió camino. Gracias a mis predecesoras, a referentes como Lidia Valentín, que demostraron que sí se podía y que hicieron que muchas pudiéramos vernos reflejadas.

Con el tiempo se ha convertido en una forma de vida para mí, no solo por lo que es, sino por lo que representa. Porque el deporte te enseña que nadie regala nada, que detrás de cada logro hay muchas horas que no se ven, muchos días en los que no apetece y muchos momentos de duda. Te enseña a caerte y a levantarte, a equivocarte y seguir, a confiar en el proceso incluso cuando los resultados no llegan. Y todo eso acaba formando parte de ti como persona.

Y hay momentos que no se pueden contar, solo se pueden sentir. Ese momento antes de levantar, de conexión con la barra, ese segundo en el que todo se para y solo estás tú…esa medalla entre tus manos que depende de un movimiento válido que realizas en un par de segundos. Levantar más de 100kg por encima de tu cabeza. Porque es un deporte individual, en el que fallas tú y aciertas tú, es difícil de explicar, pero muy bonito de vivir. 

Me comentaban en casa que en Pascua no solo había halterofilia. También había piragüismo, fútbol sala, carreras de karts… y detrás, un montón de gente joven implicada en todo ello.

La implicación de los jóvenes es imprescindible, más aún en los tiempos que vivimos. Por eso tenemos que educar a los jóvenes en el deporte, porque lo que se aprende ahí se queda para toda la vida. El deporte, sea cual sea, es salud, es vida.

Después de muchas horas de gimnasio, competiciones y viajes, me becan en  Madrid para entrenar con la selección española, donde paso seis años compitiendo al más alto nivel. Y todavía a día de hoy resuenan las palabras de mi madre, Remedios, en la puerta diciéndome: “si dejas de estudiar, vuelves para casa”. Mamá, gracias por ser guía.

Entiendo ahora lo duro que fue para mis padres dejar a su hija de 16 años allí, en Madrid, con dos maletas y muchos sueños por cumplir. Gracias por confiar en mí y dejarme irme tan joven. 

Fueron años intensos, emocionantes y muy duros, tanto a nivel físico como mental. Llegaron los primeros resultados internacionales y a la vuelta del  Campeonato de Europa, en el que quedé tercera, lo primero que hice fue ir a ver a nuestra patrona, la Virgen de las Angustias, a ofrecer mis medallas. Porque cuando uno se va fuera se da cuenta de lo importante que es de dónde viene, de lo que te sostiene, de lo que te hace volver.

Mi paso por la cofradía siempre me ha marcado. Un saludo para todos mis compañeros cofrades, sé que estos días tenéis tarea, fuerza y ánimo, porque mantener nuestras tradiciones también es una forma de cuidar lo que somos.

Siempre he vuelto al Bierzo como refugio, como casa. Volver de competir y que la gente te pare por la calle, que te pregunte, que se alegre por ti… eso no se puede explicar, eso se siente. Aquí no eres solo tú, aquí eres parte de algo más grande. El Bierzo es un lugar para vivir, sí, pero sobre todo es un lugar que construimos entre todos. Con cómo nos tratamos, con el respeto, con los detalles del día a día. Y eso hay que cuidarlo, porque no viene solo, depende de nosotros.

Y aquí tenemos mucho que aprender de nuestros mayores, de cómo han cuidado

lo que hoy tenemos. Lo bueno, lo necesario, lo auténtico… no está a miles de

kilómetros. Está aquí. En el pueblo, en la familia, en los amigos, en lo de siempre.

Y con esa idea siempre he tenido claro cómo quería hacer las cosas. Siempre he compatibilizado el deporte con los estudios porque sabía que algún día esa etapa se terminaría. Y porque me gusta estudiar, porque disfruto ayudando a los demás, tenía claro que iba a elegir ciencias de la salud. Empecé la carrera de Nutrición en 2014 cuando todavía no tenía las salidas que tiene hoy y aunque me recomendaron elegir otro camino, yo no lo dudé. No fue un camino perfecto, no terminé en cuatro años, me equivoqué y pasé uno de los

momentos más duros de mi vida rompiéndome el tendón rotuliano y una lesión de rodilla que me obligó a frenar en seco y su posterior recuperación durante la pandemia. 

Y cuando uno para, piensa, y cuando piensa, aprende. Y entendí que no todo es línea recta, que a veces hay que dar un paso atrás para poder seguir avanzando. Doy gracias porque he tenido la suerte de dedicarme a lo que me gusta y doy gracias a mi familia porque ha estado siempre, no solo en los momentos de gloria, también en los momentos difíciles, que son los que realmente importan.

Y llegó un momento en el que tuve claro que quería volver tras varios años trabajando en Madrid como nutricionista. Tenía claro que me iba a dedicar a lo que había estudiado, costara lo que costara y que si no había oportunidades, habría que crearlas. Nació entonces Come con Cabeza, de una idea sencilla. Una clínica de nutrición y psicología con un objetivo muy claro: mejorar la salud de todo el que confía en nosotros. Quizás soy yo la cara visible, pero detrás hay mucho más. Nada de esto sería posible sin mi socio David, el mejor psicólogo del mundo, y sin mi compañera Sara, que trabaja conmigo mano a mano y día a día. Son el motor de todo esto y a día de hoy somos una clínica de referencia en la comarca.  Y no soy la única. Nos llaman la generación perdida, pero en mi quinta, la del 96 de este pueblo, hay empresas, doctorados, funcionarios y, sobre todo, gente que ha apostado por su tierra.

Personas que volvemos a casa, que estamos a gusto aquí, que seguimos

quedando, que seguimos siendo los mismos que compartieron aulas en el

Bergidum Flavium … porque sabemos de dónde somos, y eso no se pierde.

Gracias, Laura, por mantener a esta quinta unida. Y a los jóvenes os quiero decir algo muy claro: luchad por lo que queréis, por lo que os gusta, no os conforméis. Si tenéis una idea, perseguidla, aunque cueste, aunque dé miedo, porque muchas veces lo único que hay entre vosotros y lo que queréis es atreveros a intentarlo. Porque no hace falta tenerlo todo claro.

Hace falta empezar. Y si te equivocas… no pasa nada. Se aprende, se sigue y ya está.

Porque nada se consigue sin trabajo. Nada. Y las cosas no salen solas.

Salen porque estás, porque insistes, porque no te bajas a la primera. Y hay momentos en los que te toca recordártelo.  El año pasado decidí volver a competir, pero de otra manera, para disfrutarlo más y quitarle presión. Y no sé cuándo me retiraré, solo sé que  ahora lo disfruto de

verdad, desde otro punto de vista sin exigirme como antes y valorando todo lo que hay detrás.

Disfruto del deporte de fuerza, de lo que me ha enseñado y de lo que me sigue aportando compartiéndolo con mi padre. Disfruto ayudando a los demás, educando en hábitos de vida saludables y, en la medida de lo posible, haciendo la vida un poco más fácil a todos los que me rodean.

Y antes de terminar, me gustaría dar las gracias. Gracias a mi familia, a mi hermano Juan, a mis padres, a mis tíos, a mis abuelos.  Gracias a todos los que habéis formado parte del camino: entrenadores, compañeros, amigos. Gracias a mi compañero de vida.  Gracias a este pueblo, por el cariño, por el apoyo y por hacer que siempre quiera volver.

Y me gustaría terminar con una frase de una gran amiga, Celia Barquín, que por desgracia ya no está entre nosotros pero sigue muy presente:

Disfrutad de la vida, cada torneo que ganéis, cada uno que perdáis. Todo cuenta, todo vale. Estar vivo es el mejor regalo… y saber que hay alguien querido que piensa en ti ya ni os cuento.

Y ojalá no se nos olvide nunca. Que lo importante no es solo lo que conseguimos, sino con quién lo compartimos. Que lo importante no es hasta dónde llegamos, sino tener siempre un sitio al que volver.

Y ese sitio… es este.

Es Cacabelos.

Así que disfrutad, vivid estos días, abrazad a los vuestros, quedaos con lo

bueno… porque todo pasa, pero lo que vivimos aquí se queda para siempre.

Felices fiestas.

¡Viva Cacabelos!