 |
| Mario Roso de Luna |
Narra Roso de Luna en su libro
“El tesoro de los lagos de Somiedo” lo vivido en Cacabelos los días previos al
17 de abril de 1912, el propio día 17 y los posteriores. Este abogado, masón,
teósofo y escritor no quiso perderse aquel acontecimiento astronómico conocido
como El eclipse de Cacabelos.
Dejemos hablar a Roso de Luna:
…por mi calidad de astrónomo-filósofo, sentía una especie de vanidad,
que todavía me dura, de haber podido observar, con condiciones óptimas, los
eclipse de 1900 y 1905, y quería a toda
costa, colocarme por tercera vez en aqueste eclipse, unos segundos más, a la
sombra de la Luna.
(…)
Conseguí, pues -como iba diciendo de mi cuento- la representación de un
gran diario y una comisión de la Junta de Investigaciones Científicas, y me
constituí, con varios días de antelación, en el lindo pueblecito de Cacabelos
del Bierzo, dispuesto a observar, bien e mi sabor, el eclipse.
Cuando llegué, ya estaban casi ultimadas las instalaciones. Dos físicos
franceses intentaban la reproducción cinematográfica del fenómeno, para
llevarla luego a la cátedra y al público. El Observatorio de Madrid había
montado los consabidos anteojos de Repsold y de Mertz, para observación directa
o para fotografiar el Sol eclipsado, y de Grubb-Steinhail, para su divina corona,
amén de magníficos espectrógrafos horizontales para la zona ultra-violeta y es
espectro-relámpago que da la capa superior del Sol tres segundos antes de
empezar o después de acabar el eclipse. Abreu, ingeniero leonés, preparaba el
ensayo de un dispositivo visual de su invención; el general Azcárate, director
del Observatorio de San Fernando, había organizado una verdadera trocha con un
centenar de hombres a lo largo de la carretera de Ponferrada a Villafranca,
apostados de hectómetro en hectómetro, para apreciar a posteriori la verdadera
trayectoria de la sombra lunar, y el hecho preciso de ser total o meramente
anular –límite, como se temía, el eclipse.
No hay que ponderar la extrañeza e insana curiosidad que aquellas nunca
vistas cosas producían entre los honrados vecinos de la villa que riega el Cúa.
 |
| Campo de San Bartolo en 2004 antes de iniciarse las obras del malogrado polígono de Cacabelos |
Es fácil suponer el asombro y revuelo que causarían entre los cacabelenses la
presencia de aquellas gentes llegadas desde tan lejos y cargadas con tan extraños aparatos. Nos
describe el ambiente y la frenética actividad en los campamentos instalados en
el Campo de San Bartolo:
¡Qué abismo no separaba en verdad a aquella docena de sabios, de la
embobada admiración del público! ¡Qué de cosas no pensarían los profanos; ¡qué
de extravagantes quimeras no cruzarían por sus imaginaciones pueblerinas,
acerca de aquel instrumental tan valioso, qué de escépticas dudas hasta sobre
la misma finalidad de todo aquello!
Quien atisbaba un momento de descuido de los amables astrónomos, para
meter la nariz por uno de los anteojos, esperando contemplar la Luna a menos
distancia que la cordillera de los Ancares que perfilaba hacia el horizonte del
norte; quién, mirando al cielo sin saber por qué ni a qué, tropezaba con el
viento de una tienda e iba a dar de bruces contra un cajón de instrumental que
valía miles de pesetas; quién, en fin, orgulloso de haber trabado conocimiento
ya con los observadores, les asediaba a preguntas acerca da a cuántos metros se
veía el Sol, o cuál era el lucero de Matagañanes, y qué era el camino de
Santiago, o por qué corren las estrellas, y otras cosas tales, más difíciles de
contestar que las siempre terribles preguntas de los niños.
 |
| Imagen actual del polígono |
Rosso de Luna no se limitó a
seguir las incidencias del eclipse. Mantuvo por aquellas fechas contactos con
gentes notables de Cacabelos:
Ya había conocido a todos los notables del pueblo: al cura, al médico y
farmacéutico, a un ingeniero de montes, y a media docena de personas más, lo
suficientemente instruidas que, informadas por la Prensa, ya estaban al tanto,
acerca de los más substancial del fenómeno y se preciaban, con hospitalidad
generosa, de hacernos grata la estancia acompañándonos doquiera, jugando al
tresillo con nosotros en escasos ratos de ocio en el casino, y hasta
haciéndonos dar serenatas por la banda, aunque esto con mejor de seo que
fortuna, según eran de inhábiles los tañedores, y de ingratos los instrumentos.
(…) Con ellos recorríamos los alegres sitios de éstas (las
instalaciones de observación) de este cerrete de San Bartolo, en la carretera y
en la casita del Valín, donde yo tenía preparadas mis cámaras fotográficas y
mis lienzos para las sombras ondulantes.
 |
| Portada del libro de Roso de Luna al que corresponden las cita de esta entrada |
Transcurrida la histórica jornada
y en compañía de sus nuevos amigos, emprende la bajada a la villa y describe la
escena:
El crepúsculo, uno de esos incomparables de la primavera berciana,
envuelto en auras campestres, había caído por completo. Satisfechos del
laborioso día, emprendimos, en grata charla de antiguos camaradas, el regreso
al pueblo, que dormitaba ya entre sus castas alamedas bajo el arrullo de las
aguas del Cúa. De las casas del pueblo salían múltiples humaredas, con esos
olores creosotados que tan gratos resultan al que viene del campo, recordándole
la proximidad de la cena y del reposo.
Fruto de esas charlas Roso de
Luna conoce y queda impresionado por la existencia de una talla en madera de un monje jugando a las
cartas con el Niño Jesús en el Santuario de las Angustias, pero esa es otra
historia…