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| Guadalupe
y Juan con mi hijo Sebastián en la despedida, cuando Juan iba a salir para
España |
Por Alicia María Luisa García
Juan
visita España después de muchos años
Nos pusimos
a trabajar duro entre los tres para ahorrar para el pasaje y hacer los trámites
para su viaje. Corría la década del 90.
Se hizo una
reunión para despedir a mi padre a esa tan esperada visita a su pueblo.
Y Juanito
salió rumbo a España a reencontrarse con su amado pueblo Cacabelos después de
50 años.
En España
la economía y la vida política estaban en crecimiento y allí fue mi padre
después de 50 años de haber dejado su tierra. Me hubiera gustado que mi madre
lo acompañara, pero no nos alcanzaron los ahorros.
Mi padre tenía
tres objetivos claros para volver a España: Ver su pueblo de vuelta y a sus
sobrinos hijos de Pepe Ferreiro, tramitar una pensión por su servicio en la
Guinea española y averiguar la dirección de Rosa para reencontrarse con ella.
Les
adelanto que logró dos de ellos.
Con mi
madre temíamos que se perdiera, que se enfermara, que las emociones lo
superaran…y mi fantasía infantil, que no quisiera volver.
Nada de eso
ocurrió. Hablábamos periódicamente por teléfono y hasta nos escribió una carta,
contándonos lo bien que lo recibieron su sobrino Pepín Ferreiro y su esposa …
Pili y Mercedes, sus hijas ya adolescentes.
Nos contaba
que encontró a sus amigos de la infancia y juventud en las mismas esquinas, en
los mismos cafés que los reunían en su juventud, pero con 50 años más. Mi padre
volvió a los 74 años.
Encontró su
pueblo muy cambiado, más moderno y pujante. Hubo reuniones familiares,
reuniones con amigos, hasta bailó unos tangos, largas charlas y paseos con su
sobrino, que ya se conocían de antes que el partiera a la Argentina.
No sabemos cómo,
pero consiguió la dirección de su hermana Rosa. Vivía en Madrid con su esposo y
dos hijos.
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| Mi tía Rosa, la hermana menor de mi padre, con uno de sus hijos |
Y allí se fue a ese esperado encuentro. No le
avisó nada. Tocó el timbre y lo atendió Juan Carlos, su mejor amigo, aquel que,
hacia 50 años, cuando partió a la Argentina, le había encomendado el cuidado de
su familia.
Juan Carlos
lo vio, lo abrazó y pidió las disculpas que había guardado durante 50 años. ”Juanito
me has venido a reprender porque me traje a tu hermana?”.
Lejos de
estar enojado. mi padre le agradeció que cuidar a su hermana y formara una
familia.
El abrazo
con su hermana fue eterno, imagino yo, se contaron a borbotones sus historias
de estos 50 años. Penurias, alegrías, hijos, nietos…la vida que los reencontró
ya a los 70 y 75 años de vida.
Rosa
presentó a sus 2 hijos, ya hombres, lo alojó en su casa de Madrid. Pasearon por
la ciudad recorriendo lugares históricos como el Valle de los Caídos, el museo
del Prado o la Puerta de Alcalá.
Hacen una llamada telefónica para
presentar las dos familias Argentina y España. Y ahí mi padre nos comunica que
se vuelve. Rosa y nosotros tratamos de convencerlo que se quedara un tiempo más.
Habían
pasado solo 15 días desde que partió a España. Él nos decía que ya no se
hallaba, que nos extrañaba. Y Juanito de vuelta volvió a la Argentina, pero esta
vez volvía a un lugar y a una familia que él había construido.
Un año
después Juan murió en la tierra que él había adoptado y echado raíces.
Cuando
volvió me dijo : “Fui a encontrarme con mi tierra que extrañaba, pero los extrañaba
a ustedes. Ahora siento que cuando estaba allá los extrañaba a ustedes, pero
tengo añoranzas de mi pueblo.”
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Última foto que tomamos a Juan. Con mi mamá y el niño
de un vecino en el jardín de casa
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Con ese
viaje mi padre cerró el ciclo de su vida aventurera.
Mi madre
murió 5 años después.
Las cenizas
de mis padres fueron esparcidas en el parque de esa casa que con tanto
sacrificio gestaron, disfrutaron primero con su hija y luego con sus nietos.
Cada
miembro de la familia esparció las cenizas en un lugar elegido por cada uno. Mi
hija, debajo de la higuera donde mi papá le hizo su hamaca; Matías, debajo del
ciruelo donde el abuelo contaba sus historias; otro, en la parra donde alguna
vez intentó hacer el vino de su pueblo y yo, en el espacio de la huerta donde
pasaba largas horas sembrando y cosechando la verdura, eternamente con su boina
negra.
Pasaron los
años, trabajé de lo que mis padres me ayudaron a estudiar y que era mi vocación;
mis hijos Sebastián, Matías, Federico y Maira crecieron, formaron sus familias,
pero siempre recordando a sus abuelos tan presentes y amorosos y, además,
porque ellos saben también que los muertos no se van mientras los recuerden.
(Continuará)