sábado, 21 de marzo de 2026

Historia de la gente: Ricarda y Antonio (y 3)

 

              La plaza de La Encina en Ponferrada, en donde los Carretones vendían galochas


Por Roberto Carballo

Se contaba en casa que una vez el matrimonio fue a Asturias a comprar madreñas al por mayor. Contactaron con una persona en Pola de Somiedo. Esta persona iba por las aldeas contratando con madreñeros artesanales la fabricación de galochas en pequeñas cantidades, mientras los abuelos esperaban en Pola. De esta manera reunieron una gran cantidad de ellas, que fueron transportadas, supongo que en carros, hasta el ferrocarril. Así llegó a Toral un vagón entero de madreñas para los carretones.

 Pasado un tiempo, los madreñeros asturianos vinieron a una de las ferias anuales de Cacabelos para, entre otras cosas, cobrar las madreñas. Se acoplaron en la fonda de la abuela, donde comían de balde y con buen apetito. Así estuvieron muchos días, no sé si porque no se les acababa de pagar o porque estaban encantaos con las comidas de la Carretona. Luego, los abuelos tendrían que vender las galochas con el gasto añadido de los madreñeros tragones.

La gran cantidad de madreñas que consiguieron los abuelos posibilitó el poderlas vender en otros lugares, como el mercado de Ponferrada, que en aquellos primeros años del siglo XX estaba situado en la plaza de la Encina y alrededores. Así que cada día de mercado en Ponferrada iban para allí mi padre y mi abuela con un carro de galochas. A la entrada de Ponferrada había que pagar un impuesto en el fielato por la mercancía que se iba a vender. Después de pasar por el fielato, mi abuela subía por el Rañadero a la plaza de la Encina y mi padre para llegar allí daba un rodeo con el carro por lo que hoy es la calle General Vives. Mi abuela, con el fin de no pagar tanto en el puesto del fielato, hizo un trato con una señora del barrio de la Encina y dejaba en casa de ella las galochas que no había vendido el día del mercado; de este modo, el siguiente día de mercado tenía que pagar menos en el puesto del fielato. No sé en qué especie le pagaría Ricarda a la señora. 

La tía Ricarda, hija de Antonio y Ricarda, haciendo alpargatas

Además de zapatillas, alpargatas y madreñas, también empezaron a vender zapatos, sobre todo cuando se acercaba la Pascua. Pero Ricarda no se conformó con ser vendedora y quiso pasar a ser fabricante. Para eso “fichó” a un alpargatero profesional de La Rioja, que no era otro que Sebastián Barrenas (pocos habrá en Cacabelos que se acuerden de él). Él enseñó a los miembros de la familia de los Carretones a fabricar alpargatas. La tela y el esparto para hacerlas los importaban de La Rioja y Aragón, mi abuela estableció buenas relaciones con fabricantes de esas regiones. No sé cuánto duró la industria de las alpargatas. Sebastián Barrenas, como buen riojano, también entendía de viñas y vino, pasó a trabajar con mi tío Jesús que se dedicaba a la viticultura.

Todo esto que hablo de los negocios de mis abuelos fue en la primera mitad del siglo XX. En Cacabelos entonces, y también en la segunda mitad de ese siglo, había buenas condiciones para el comercio, con sus ferias y siendo además centro de comarca. 

El abuelo, sea porque adquirió un cierto poder económico o sea porque era un hombre prudente y cabal, adquirió prestigio y se le pidió más de una vez opinión para asuntos relevantes en la villa por parte de gente influyente en el pueblo. Por ejemplo, él y otros fueron a la facultad de Medicina de Valladolid en busca de un médico para Cacabelos, en busca de uno de los mejores estudiantes que hubiera pasado por esa facultad. Allí les dijeron que un muy buen estudiante había sido Santos Rubio y que estaba en su pueblo (me contaron que el pueblo era Monzón de Campos, en la provincia de Palencia). El comité de Cacabelos se dirigió al pueblo y allí encontraron a don Santos, estaba arando en una de las fincas de su padre. Se pusieron de acuerdo y fue así como don Santos Rubio vino de médico a nuestro pueblo.

En cuanto a los hijos de Antonio y Ricarda, Rosario, Jesús, Ricarda y Flora se fueron casando. Llegó la Guerra, y la Guerra dio empleo a unos cuantos varones de la familia. Jesús fue reclutado y, como ya estaba casado y tenía hijos, lo destinaron a la retaguardia, estuvo en Villamanín. A Manuel (Noles), el marido de la tía Ricarda, le tocó el frente del Ebro. Antonio, más mayor, fue llamado a filas cuando ya la Guerra estaba avanzada, estuvo en la famosa batalla de Teruel y en la parte de Levante. También hubo empleo en la Guerra para Juan Mourelo, el marido de Rosario; él era herrero y estuvo a cargo de los caballos de un destacamento de caballería que había en Ponferrada (los caballos estaban en una edificación anexa a los muros del castillo,  que luego pasó a ser el restaurante “Las Cuadras”). Juan también herraba y cuidaba los caballos de la Guardia Civil, encargada de vigilar las zonas mineras y los pasos de montaña con Asturias. 

Los abuelos Antonio y Ricarda con su hija Rosario, detrás, y varios nietos. La foto es de mediados de los años 30, es posible que fuera tomada en los años de la Guerra

Después de la Guerra, sus hermanos ya hacía tiempo que estaban casados, pero Antonio, el hijo mayor, se mantuvo soltero, más bien solterón, viviendo en la fonda de su madre, compartiendo mesa y mantel con otros huéspedes, la mayoría mozos. Un domingo Ricarda preparó una empanada, que era la comida y también la cena para aquel día. Como era domingo, los chicos fueron por la tarde al baile. Antonio regresó a casa antes de que el baile acabara y, encontrándose solo en casa, como tenía hambre, fue a la cocina y abrió el aparador para coger un cacho de empanada, pero al abrir el mueble vio encima de la empanada una gata amamantando a los gatiños que había parido recientemente. Aunque sacó de allí a los animales, no probó bocao de la empanada. Después llegó Ricarda y sacó la empanada para sus huéspedes, que llegaron al final del baile con mucha hambre. Antonio estaba presente y, según contaba él, los chicos comieron la empanada sin dejar ni siquiera el regoxo y Antonio, mientras tanto, no decía nada. Cuando los mozos ya habían acabado de comer y estaban felizmente saciados, fue cuando a Antonio se le dio por hablar: ‹‹¿os gustó la empanada? ¿eh?, pues la gata y los gatiños estuvieron toda la tarde durmiendo encima de ella››. Los comensales parece ser que salieron a la calle a vomitar y Ricarda quedó en la cocina vomitando maldiciones sobre su hijo, supongo que lo de condenao y centelludo fue lo más amable que le dijo.

Ricarda estaba preocupada por aquel hijo que seguía en la casa, bien atendido por su madre y si aparente intención de casarse. Le repetía una y otra vez que ella estaba vieja, que iba a morir y que él tenía que casarse, para no quedar solo y quedar bien atendido. Él, ante tanta insistencia, una vez con toda su parsimonia le contestó: ‹‹usted muérase cuando quiera, que yo ya me casaré››. Pues bien, acabó, no sé cómo, casándose con Celia la Pardala. 

Cesáreo, el hermano del abuelo Antonio. Posiblemente está en la finca que tenía cerca de Bilbao

Al llegar el matrimonio a la vejez, con los hijos casados, decidieron repartir el “capital”, que consistía en casas, fincas y la tienda de “La Carretona”. Rosario se había casado con Juan Mourelo, que tenía una herrería en Camponaraya; Antonio se casó unos años después de la Guerra con Celia, quedaron con la tienda de calzado de la Plaza; Jesús se había casado con Antonia Pestaña, se dedicaron a la agricultura y a la elaboración y venta de vino; Ricarda con Manuel Fernández (Noles), se dedicaron a la agricultura y a la elaboración de vino; Flora, la menor, se casó con Francisco Garay, enólogo de Bodegas Guerra. En sus últimos años, Ricarda y Antonio fueron rotando por las casas de sus hijos, en cada casa estaban una temporada no sé si de uno o más años.

A pesar de su ancianidad, ellos ayudaban a los hijos, sobre todo mi abuelo en el tema de los viñedos y de las huertas. Les gustaba también hacer al menos una visita al año a los parientes de Bilbao, a la familia de Cesáreo, el hermano de mi abuelo que había quedado allí. Mi abuela, además de a ver a la familia, iba a hacer la confesión anual con aquel franciscano que tenía fama de santo porque en la confesión no daba la absolución a las chicas que hubieran bailao el “agarrao”. El viaje y sus preparativos era todo un acontecimiento en la familia. La abuela preparaba el viaje con mucha antelación. Al viaje iba el matrimonio o la abuela con una de las nietas mayores. El viaje duraba un día o más. Cogían el tren en Toral y hasta allí los llevaba o bien tío Jesús en su carro o bien Agustín el Castillo en un carro con dos bancos para que la gente fuera sentada. La abuela llevaba, aparte de las maletas, más de una cesta de comida, con tortillas hechas con una docena de huevos, bacalao con tomate, filetes empanados, flanes y galletas. Cuando la abuela sacaba la comida en el tren, repartía con la gente que iba en el vagón.

Estos viajes serían en los años cuarenta o cincuenta, yo no los recuerdo. Mi hermano sí los recuerda; y recuerda todo el ajetreo de los preparativos del viaje a Bilbao. Siendo un niño también lo llevaron a él montado en el carro de Agustín el Castillo, con buena parte de la familia, a despedir a los abuelos a Toral y tanto había oído Bilbao, Bilbao…que, en el camino, al ver las primeras casas de Sorribas, le preguntó al primo ‹‹Susín, ¿ya llegamos a Bilbao?››. Os podéis imaginar el jolgorio que se formó entre los que iban.

Ricarda y Antonio fueron envejeciendo y los viajes a Bilbao ya dejaron de hacerse. Murieron a principios de los años sesenta, con pocos años de diferencia, primero Antonio y luego su mujer. Atrás dejaron una vida que abarcó el último cuarto del siglo XIX y más de la mitad del XX. Vivieron bajo monarquías, república, dictaduras que no facilitaron la vida de la gente corriente como ellos, pero ellos, a pesar de eso, sacaron adelante su familia y sus negocios.

Vaya esto escrito en memoria de Ricarda y Antonio. Nosotros, sus descendientes, con admiración hacia ellos, agradecemos el ejemplo que nos han dejado.

 

Lo que dejaron Petra y Ángel

La última foto es la de un árbol genealógico hecho por nuestra prima de Buenos Aires, Alicia, con la técnica del mosaiquismo. En el centro del tronco del árbol están Petra y Ángel. Como veis, dejaron una familia muy extensa a uno y otro lado del Atlántico. ¿Qué pensarían ellos si lo vieran? A nosotros el preparar este relato nos ha valido para estrechar las relaciones entre todos los miembros de la familia, a conocer a gente que hasta hace poco no sabíamos que existía, a valorar lo que nuestros mayores hicieron con trabajo, humildad y cariño hacia los suyos.

 

Árbol genealógico de la familia

Quiero agradecerle a Carlos de Francisco (Blog Castroventosa) en nombre de toda mi familia la publicación de estos relatos.

En principio estas historias las escribí para nuestra familia. Luego él me animó a publicarlas. Alicia, la prima de Buenos Aires, hizo la parte que relacionada con su familia. Por mi parte animo a otras familias de Cacabelos a que hagan lo mismo: que averigüen lo que puedan sobre su pasado, que escriban la historia y que se la den a Carlos para que lo publique y lo podamos conocer. Carlos me ha dicho que esto ha despertado mucho interés desde el momento en que salió.

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