M, el vampiro de
Düsseldort forma
parte de los títulos imprescindibles a la hora de hablar de las películas que
han abordado en la pantalla a los asesinos.
'M, el vampiro de Düsseldorf' es también la primera cinta
sonora de Fritz Lang y uno de sus
últimos trabajos en Europa antes de que el auge del nazismo forzara su marcha a
Estados Unidos, donde no dudaron en recibir con los brazos abiertos a uno de
los mejores directores de todos los tiempos que con la cinta que nos ocupa
logró una de sus películas más inspiradas.
Óscar, tío de Valentina, lanzando caramelos a la puerta de la iglesia
Los tiempos cambian que es una barbaridad, decía don Hilarión
en «La verbena de la Paloma». Y lo
afirmaba a finales del siglo XIX que es cuando se estrenó el popular sainete.
Si entonces cambiaban los tiempos rápidamente, qué podríamos
decir ahora. Ahora los tiempos cambian a velocidad de vértigo. Los tiempos, las
costumbres… Cuántas se han ido perdiendo en las últimas décadas. Algunas, con
una existencia de siglos, las hemos visto desaparecer en cuestión de pocos
años.
Ayer se despedía don Jesús en su última misa como párroco de
Cacabelos y también con su último bautizo, el de Valentina, la segunda hija de
Álvaro Juarros y Francisca Luna.
Lo más sorprendente para unos cuantos “veteranos” que
estábamos apostados a las puertas del templo parroquial, fue el derroche de
caramelos lanzados al aire por Sergio, el padrino de la nueva cristiana, y de
Óscar, el tío paterno.
Revivimos viejas escenas de nuestra niñez cuando esperábamos
ansiosos la salida del padrino en los bautizos de décadas atrás. No había
bautizo sin caramelos, incluso se incluían en el regalo monedas: de cinco (perrachica) y diez
céntimos (perrona) las más de las veces, de real y dos reales en contadas ocasiones y, en
contadísimas ocasiones, caía del cielo una peseta (0’006 euros). Este último
tenía que ser ya un bautizo de postín.
Sergio, el padrino, vaciando de caramelos la cestilla
No pocas veces surgían golpes y peleas por un quítame allá
una perrona (diez céntimos de peseta). Si eras pequeño y a la espera estaban
algunos mozalbetes, te podías dar por satisfecho si atrapabas algún caramelo.
Jimena, la madrina, repartiendo en la puerta
Cuando se consideraba que el padrino no había sido lo
bastante generoso, se le gritaba: ¡Padrino roñoso! O ¡Padrino rañoso! (que también lo entendía) animándole a rascarse más los bolsillos.
Las monedas se jugaban inmediatamente en los soportales de la
Plaza: unas a caras y cruces, otras siendo lanzadas a la proximidad de unos rebajes que se
sucedían en el antiguo piso de cemento: la que caía en él o quedaba más próxima
era la vencedora y se llevaba el resto de participantes.
Los más hábiles llegaban a juntar hasta una peseta o más a
base de ir ganando monedas de cinco o diez céntimos. Entonces llegaba el
momento del premio mayor: podía ir a Casa de Guerra a comprar una peseta de
galletas partidas, eseera el premio
gordo.