lunes, 10 de agosto de 2026

Cacabelos, centro de atención mundial en el eclipse de 1912 (2). Así vivió el eclipse de Cacabelos Roso de Luna

 

Mario Roso de Luna

Narra Roso de Luna en su libro “El tesoro de los lagos de Somiedo” lo vivido en Cacabelos los días previos al 17 de abril de 1912, el propio día 17 y los posteriores. Este abogado, masón, teósofo y escritor no quiso perderse aquel acontecimiento astronómico conocido como El eclipse de Cacabelos.

Dejemos hablar a Roso de Luna:

por mi calidad de astrónomo-filósofo, sentía una especie de vanidad, que todavía me dura, de haber podido observar, con condiciones óptimas, los eclipse de 1900  y 1905, y quería a toda costa, colocarme por tercera vez en aqueste eclipse, unos segundos más, a la sombra de la Luna.

(…)

Conseguí, pues -como iba diciendo de mi cuento- la representación de un gran diario y una comisión de la Junta de Investigaciones Científicas, y me constituí, con varios días de antelación, en el lindo pueblecito de Cacabelos del Bierzo, dispuesto a observar, bien e mi sabor, el eclipse.

Cuando llegué, ya estaban casi ultimadas las instalaciones. Dos físicos franceses intentaban la reproducción cinematográfica del fenómeno, para llevarla luego a la cátedra y al público. El Observatorio de Madrid había montado los consabidos anteojos de Repsold y de Mertz, para observación directa o para fotografiar el Sol eclipsado, y de Grubb-Steinhail, para su divina corona, amén de magníficos espectrógrafos horizontales para la zona ultra-violeta y es espectro-relámpago que da la capa superior del Sol tres segundos antes de empezar o después de acabar el eclipse. Abreu, ingeniero leonés, preparaba el ensayo de un dispositivo visual de su invención; el general Azcárate, director del Observatorio de San Fernando, había organizado una verdadera trocha con un centenar de hombres a lo largo de la carretera de Ponferrada a Villafranca, apostados de hectómetro en hectómetro, para apreciar a posteriori la verdadera trayectoria de la sombra lunar, y el hecho preciso de ser total o meramente anular –límite, como se temía, el eclipse.

No hay que ponderar la extrañeza e insana curiosidad que aquellas nunca vistas cosas producían entre los honrados vecinos de la villa que riega el Cúa.

Campo de San Bartolo en 2004 antes de iniciarse las obras del malogrado polígono de Cacabelos

Es fácil suponer el asombro y revuelo  que causarían entre los cacabelenses la presencia de aquellas gentes llegadas desde tan lejos  y cargadas con tan extraños aparatos. Nos describe el ambiente y la frenética actividad en los campamentos instalados en el Campo de San Bartolo:

¡Qué abismo no separaba en verdad a aquella docena de sabios, de la embobada admiración del público! ¡Qué de cosas no pensarían los profanos; ¡qué de extravagantes quimeras no cruzarían por sus imaginaciones pueblerinas, acerca de aquel instrumental tan valioso, qué de escépticas dudas hasta sobre la misma finalidad de todo aquello!

Quien atisbaba un momento de descuido de los amables astrónomos, para meter la nariz por uno de los anteojos, esperando contemplar la Luna a menos distancia que la cordillera de los Ancares que perfilaba hacia el horizonte del norte; quién, mirando al cielo sin saber por qué ni a qué, tropezaba con el viento de una tienda e iba a dar de bruces contra un cajón de instrumental que valía miles de pesetas; quién, en fin, orgulloso de haber trabado conocimiento ya con los observadores, les asediaba a preguntas acerca da a cuántos metros se veía el Sol, o cuál era el lucero de Matagañanes, y qué era el camino de Santiago, o por qué corren las estrellas, y otras cosas tales, más difíciles de contestar que las siempre terribles preguntas de los niños.

Imagen actual del polígono

Rosso de Luna no se limitó a seguir las incidencias del eclipse. Mantuvo por aquellas fechas contactos con gentes notables de Cacabelos:

Ya había conocido a todos los notables del pueblo: al cura, al médico y farmacéutico, a un ingeniero de montes, y a media docena de personas más, lo suficientemente instruidas que, informadas por la Prensa, ya estaban al tanto, acerca de los más substancial del fenómeno y se preciaban, con hospitalidad generosa, de hacernos grata la estancia acompañándonos doquiera, jugando al tresillo con nosotros en escasos ratos de ocio en el casino, y hasta haciéndonos dar serenatas por la banda, aunque esto con mejor de seo que fortuna, según eran de inhábiles los tañedores, y  de ingratos los instrumentos.

(…) Con ellos recorríamos los alegres sitios de éstas (las instalaciones de observación) de este cerrete de San Bartolo, en la carretera y en la casita del Valín, donde yo tenía preparadas mis cámaras fotográficas y mis lienzos para las sombras ondulantes.

Portada del libro de Roso de Luna al que corresponden las cita de esta entrada

Transcurrida la histórica jornada y en compañía de sus nuevos amigos, emprende la bajada a la villa y describe la escena:

El crepúsculo, uno de esos incomparables de la primavera berciana, envuelto en auras campestres, había caído por completo. Satisfechos del laborioso día, emprendimos, en grata charla de antiguos camaradas, el regreso al pueblo, que dormitaba ya entre sus castas alamedas bajo el arrullo de las aguas del Cúa. De las casas del pueblo salían múltiples humaredas, con esos olores creosotados que tan gratos resultan al que viene del campo, recordándole la proximidad de la cena y del reposo.

Fruto de esas charlas Roso de Luna conoce y queda impresionado por la existencia de una talla en madera de un monje jugando a las cartas con el Niño Jesús en el Santuario de las Angustias, pero esa es otra historia…

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