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| Un representativo tramo de la calle Las Angustias en 2019, en él se agrupan
recuerdos vividos con tal intensidad que quedaron grabados para siempre en mi
memoria. |
LUGARES
EMBLEMÁTICOS DE NUESTRO PUEBLO Y ALREDEDORES
19.
El Camino de Santiago (La Calle de Las
Angustias) (9)
Por Pepe Couceiro
Y, anticipando mis disculpas por el
próximo despliegue personalista, llegamos a la que considero mi calle, la
última integrante de las tres que hacen el Camino
de Santiago en el pueblo: Las
Angustias.
El inefable ecosistema social que
creamos y compartimos en la niñez, mis amigos y el que esto escribe, giraba
entorno a esta travesía (ver fotografía), aunque también se prolongaba a las actuales
conocidas como: Tras Sagrao, La Fuente, Avda. de Arganza, La Reguera, etc.
A
la misma hora cada tarde, nada más traspasar el umbral de la puerta, se
iniciaba una fascinante y nueva aventura. Sin tregua recorríamos una y otra vez
aquellos idílicos decorados sustentados por alrededores naturales y, con la
imaginación como ondeante bandera, cualquier objeto que llegaba a nuestras
manos lo moldeábamos a nuestro antojo para satisfacer nuestros extravagantes
deseos infantiles. Así, por ejemplo, la carretilla con la que mi padre y mis tíos
transportaban los sacos de pienso
desde su almacén la convertíamos instantáneamente en un fulgurante descapotable (ver fotografía). En él nos
turnábamos para ejercer, o bien el agradable papel de acomodado piloto sentado
en su extremo delantero, o del que todos huíamos, el que tenía que impeler el
auto con la tracción de sus piernas, con las manos fuertemente agarradas a sendos
mangos y, por si fuera poco, teniendo que imitar el estridente ruido del
imaginario motor con sus potentes cuerdas vocales. Aquel, para nosotros, ilusionante
utilitario pasaba en un suspiro de velocidad normal a supersónica con tan solo
un movimiento de una invisible palanca de cambios que el reposado y tranquilo conductor
accionaba provocando inmediatamente que el que empujaba cambiara de paso normal
a ligero, cual amaestrado caballo jerezano en su alegre y elegante trotar. En
el efímero tiempo que duraba ese momento todos disfrutábamos de lo lindo, pero
tarde o temprano aparecía el problema de los frenos, sobre todo cuando el que lo
impulsaba se venía arriba y, en la euforia que la velocidad causaba en sus
sentidos comenzaba a aumentar las zancadas hasta perder el control. Ante esa
situación, el chófer, ya con la cara en fase de descomposición, pulsaba frenéticamente
el imaginario botón de frenado sin recibir respuesta por parte del compañero de
retaguardia, que también anunciaba una incipiente histeria en su faz y que, por
otra parte, ya tenía bastante con el susto que llevaba encima sujetando con la
punta de sus dedos alguno de los asideros del desbocado auto. En décimas de
segundo el desazonado piloto comenzaba a cubrirse la cabeza con los brazos
porque, en su fuero interno, ya sabía que nadie lo libraría de un nuevo y antológico
castañazo.
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La
siguiente fotografía reúne en sí misma las agradables rutinas diarias, los
gozosos sentimientos de los juegos y la pureza representada por tres inocentes
infantes junto a una excepcional madre que, en esos instantes, repartía
amorosamente a cada uno la ineludible y bien recibida merienda.
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| Imagen sobre la tierra de El Sagrao adyacente a la calle de Las Angustias en 1966. De
izquierda a derecha: Diego Vizcaíno, Dª. Maruja López, mi primo hermano Jose
Luis Alfonso y el que esto escribe |
Este
episodio, repetidamente representado por las calles del pueblo en periodo
vacacional, tenía su culmen cuando las madres irrumpían en la zona de juegos bocadillo
en la mano, mientras que sus hijos, totalmente abstraídos en sus excitantes
desafíos, lo recogían en un acto reflejo, sin percatarse del amor que tal
acción conllevaba. Con el paso del tiempo aquellas tiernas personalidades evolucionaron
y sus cuerpos crecieron, y fue entonces cuando ya de adultos comprendieron el
verdadero significado de aquel hecho cuando comenzaron a hacer lo mismo con sus
propios hijos.
Externamente
podría dar la impresión de que existían profundas diferencias entre los
caracteres de aquellas madres que confluyeron en la misma época, experimentaron
los mismos acontecimientos, sintieron las mismas emociones y hablaron la misma
jerga berciana a lo largo de toda una vida, pero la realidad es que, en su
esencia, sentimientos, frustraciones y alegrías eran prácticamente idénticas. La
que tuvimos mi hermana y el que eso escribe, y a buen seguro las de la mayoría
de los vecinos, resultaron ser el gran regalo de nuestras existencias (ver
fotografías).
La amorosa madre de la fotografía anterior Dª.
Maruja López, para más señas mi madre, siendo una joven adolescente en los
alrededores de 1950, sujetando el vaso junto a su amiga del alma Dª. Camila
López, la del Molino (derecha). Foto
del archivo de Conchi Vázquez.
Fotografía del inicio de la calle de Las Angustias, de mediados de los 60,
con la oficina de correos debajo de la que fue nuestra casa por un largo
periodo de tiempo, los engalanados balcones de la casa de mi tía Hilaria y mi
tío Eugenio y el ventanuco de la tienda de comestibles de Juanín. Las dos
personas que caminan son mi hermana Pilar y mi madre Maruja que, sin darse
cuenta, estaban siendo perpetuadas por la cámara de mi tío Diego. Fotografía
del archivo de D. Diego Vizcaíno.
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El
tramo de la siguiente imagen era de los más concurridos, el centro neurálgico
de nuestro principal escenario de juegos, donde nos sentíamos seguros por la
cercanía de nuestras casas y arropados por los cariñosos vecinos (ver
fotografía).
Uno de nuestros incontables decorados en el punto de
unión de tres importantes travesías en 1963, Las Angustias, Santa María
y La Plaza Mayor. De izquierda a
derecha: un fugaz amigo y también vecino del que no recordamos su nombre; el
que esto escribe; mi primo Diego, mi querido y añorado primo Pepe (Pepito) y mi primo Víctor de la mano de
mi hermana Pilar.
Diariamente nacía un
natural deseo de conocer qué se escondía más allá de los confortables límites
del barrio, y era normal enfrentarnos al dilema de decidir entre quedarnos a
gusto y seguros en nuestros reductos o embarcarnos hacia nuevos derroteros para
sentirnos más vivos ante lo inesperado y ante la inmensidad de lo que todavía nos
quedaba por descubrir. En las escasas veces que optábamos por la exploración, era
frecuente darnos de bruces con peleas o persecuciones; de algunas de ellas conseguíamos
huir y llegar a casa indemnes, pero de otras éramos irremisiblemente cazados y aporreados sin piedad por chavales que integraban otras pandillas
más asilvestradas y de mayor edad.
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Al
final de las comuniones (ver fotografía), bautizos o bodas, enfrente del atrio
de la iglesia, en el inicio de la calle de Las
Angustias, los generosos padrinos lanzaban al aire caramelos y monedas,
entre ellas perras chicas, perras gordas, contados reales, escasísimas de dos reales y alguna que otra peseta (ver fotografía), arrojada por
error, tras escuchar a la muchedumbre repetir insistentemente:
¡Padrino
roñoso, mete la mano en el bolso!
Tales
eventos provocaban continuas avalanchas en cada lanzamiento, cuyos
protagonistas infantiles, aunque también de mayor edad, se peleaban con
ansiedad por apañar del suelo aquellos preciados tesoros que caían del cielo.
La esquina de la calle Las Angustias con la Plaza
Mayor en los instantes posteriores al lanzamiento de monedas y caramelos al
aire, a la salida de la iglesia en las primeras comuniones de 1959. Reconocemos
a mi guapísima, querida y recordada prima Pili mirando hacia el objetivo de la
cámara; mi prima Ana con el traje de comunión; la que nos parece su madre, Dª.
Carmen, al lado del ventanuco de la tienda de Juanín; el niño con las manos
en los bolsillos nos recuerda a Víctor El
Carocas, y la niña con turbante, a la izquierda, a Amelita la de Manzano, mujer de Paco el de Carín. Foto del archivo de Pilar
Fernández.
Monedas de diez céntimos de peseta o perra gorda (izda.) y de 50 céntimos o
dos reales (dcha.), como ejemplos de las que se lanzaban al aire por parte de
los padrinos en bodas, bautizos y comuniones, aunque con las que eran más generosos
eran con las de 5 céntimos (perra chica).
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En vacaciones todo se
desarrollaba vertiginosamente. Sin darnos cuenta la noche nos alcanzaba inclementemente
cuando mejor lo estábamos pasando y del más inconsolable abatimiento pasábamos,
en segundos, a maquinar los planes del día siguiente; entre ellos y gracias a
nuestras fervientes y sedientas mentes ávidas de aventuras se encontraba el
devorar cuentos, tebeos y relatos de aventuras como las de El Capitán Trueno, El Guerrero del
Antifaz, Roberto Alcázar, Tarzán, etc. que comprábamos en el
quiosco de Pilar Valín, en la tienda
de los Moyano o, en el caso de mi
generación, algo más jóvenes, en la Librería
García años más tarde. Como la economía no estaba para presumir, nos los intercambiábamos
vehementemente, sobre todo los que tenían santos
entre sus páginas, como así definíamos a los que llevaban dibujos o se
plasmaban en formato de historietas. Recuerdo cómo los disfrutábamos sentados
en nuestra tranquila y agradable sala de estar. Las actividades del intelecto,
en la sosegada paz del hogar, se equilibraban con innumerables juegos y
deportes al aire libre, haciendo buena la popular cita, Mens sana in Corpore Sano.
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A finales de los 50,
los padres de los que serían muy buenos amigos se reunían años más tarde en el
atrio de la Iglesia, suponemos que para dejar constancia de algún
acontecimiento importante en el que participaron. En la fotografía siguiente
pueden verse acompañados por los niños que asistían a las escuelas situadas
encima de lo que hoy es la Bodega del
Niño, intentando salir a toda costa en la misma.

Fotografía de 1958 en el atrio de la Iglesia Parroquial, donde se inicia la
calle de Las Angustias, Al fondo la
casa de mis tíos junto a su almacén. 1) Subasta; 2) El niño Manolo Rodríguez;
3) D. Demetrio Machín Llata, padre de los amigos Roberto y Marta; 4) el niño Luis
Hernández Romo, el que fuera gerente de la cooperativa; 5) Desconocido; 6) el
niño Fernando, hijo del maestro D. Francisco (Pabuxas); 7) D. Guillermo Luna Luna; 8) el niño Fernando González (El Pardal); 9) el niño Leandro Fernández,
recientemente fallecido; 10) D. Vicente Cela; 11) el niño César Garnelo (Tarulo); 12) Mundo El Birloco; 13) D. Juan El
Diecisiete; 14) Desconocido; 15) Desconocido; 16) D. Alfredo, el padre de
mi cuñado Alfredo; 17) podría tratarse de D. Manuel El Pasín, pero no estamos muy seguros, y 18) Ilde El Peluquero. Foto del archivo de Alfredo
López.
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En pocos metros pasábamos de la calle de Las Angustias a las huertas humedecidas por las entonces cristalinas
aguas de la reguera, que lucía exuberantemente la vegetación de sus orillas,
concretamente a dos señalados puntos donde nos solíamos reunir: la fuente de abajo
(Tres Caños) y la de arriba (la del Puto) (ver fotografías).
Los hijos de Dora
Pol y de José Uría: José Antonio y Consuelo en 1972; el primero observando al
fotógrafo, y su hermana saciando su sed en la fuente de abajo, cercana a la
reguera. Foto del archivo de Dora Pol.
Sentadas y relajadas
en el muro que da a la fuente de abajo las amigas Lourdes Morete, Manoli Uría
(hija de Dª. Manola Uría y de D. Francisco Blanco) e Isabel, la hija de un
sargento de la Guardia Civil en 1976. Foto del archivo de Dora Pol.
Fotografía de
alrededor de los años 30. Uno de los parajes que más frecuentábamos de niños,
un tramo de la reguera visto desde las cercanías de la calle de La Casería, en el que aprovechábamos
para saciar la sed en dos fuentes todavía existentes; la que se ve a la derecha
de la imagen corresponde a la de Arriba,
y la situada pasado el puente del fondo (la
de abajo). Podemos observar la gran anchura de la reguera en aquellos
tiempos, de una mujer en plena faena con el lavado de ropa y del varal con el
que se extraía y subía el agua desde la reguera para regar las huertas. Foto
del archivo de Manolo Rodríguez.
Tramo de la reguera en
2010, en dirección contraria al expuesto en la anterior imagen, con el puente
de la calle La Casería al fondo, pero
con la misma fachada de la fuente de Arriba
(izqda.).
A estos parajes nos desplazábamos asiduamente y, con ramas en forma de
“Y” cortadas de los árboles, tiras de goma e hilo de bramante, convertíamos
unos simples tiradores en letales
armas de caza, signo de prevalencia de nuestros instintos más primarios. Muchas
de esas pequeñas piedras salían disparadas a tal velocidad que resultaba
milagroso llegar a casa sin un rasguño. En caso de aparecer heridos, antes de
que nuestra madre se pusiera a ejercer de afectuosa y amorosa enfermera, nos
propinaba dos tortazos o zapatillazos, según viniera, para que tuviéramos más
cuidado la próxima vez, además de incautarnos por periodo indeterminado o para
siempre los objetos implicados en los hechos.
En el paso de la niñez a la adolescencia y para
desgracia de los numerosos pardales (gorriones), preciosos y cantarines jilgueros,
palomas o pegas (urracas), que tanto abundaban y que alegremente deambulaban
por los cuantiosos árboles y arbustos del pueblo, se puso de moda el uso de la
carabina de plomos o balines; y en un negro periodo del pueblo, con la instaurada
costumbre de hacer empanadas con tan benefactores animales, los más salvajes
comenzamos a abatirlos sin remordimiento. Tuvieron que pasar años para que
comprendiéramos el privilegio que siempre tuvimos de disfrutar de tan agradable
compañía y de la hermosa iniciación que estábamos recibiendo sin darnos cuenta:
dar sin pedir nada a cambio. Solo me queda glorificar aquella maravillosa y excelsa
lección.
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Las andanzas en el sagrao de la Iglesia, enfrente al almacén de mis tíos, ya fueron
contadas anteriormente con mayor detalle y podéis recordarlas en los siguientes
enlaces:
-
https://castroventosa.blogspot.com/2020/01/lugares-emblematicos-de-nuestro-pueblo.html
-
https://castroventosa.blogspot.com/2015/02/se-asoma-mi-ventana-pepe-couceiro.html
Continuará………………….