Río Cúa desde el puente |
LA PEQUEÑA HISTORIA DE CACABELOS (II)
Por Antonio Esteban
Esta foto de 1942,
antigua y entrañable, en la que se ve el río, manso y lento, en un paisaje que
ya no existe ni siquiera en los recuerdos de los más ancianos del lugar, da
pie, esta semana, para seguir contando la pequeña historia de Cacabelos.
Escribe don Luciano
Huidobro y Serna que cuando Cacabelos se arruinó a causa de un terremoto, el
arzobispo Diego Gelmírez reconstruyó la Casa de la Mitra y, al tiempo, otras
muchas ya que el burgo de Cacabelos estaba casi desierto. No obstante, consagró
la Iglesia con toda solemnidad.
Veinte años más tarde
-otoño de 1129- Gelmírez es invitado por
el emperador Alfonso a Toledo. Se hospeda en palacio y es espléndidamente obsequiado,
tal vez porque Alfonso quería anular su matrimonio.
Antes de abandonar
Toledo, Gelmírez obtiene del emperador dos gracias: que se acoten a su favor
las villas de Cacabelos y de Lédigos, en Palencia, que pasarían a ser propiedad
de la Iglesia compostelana.
Entre los fueron
concedidos a los habitantes de nuestra villa estaba que ningún alguacil o
funcionario público pudiese entrar en sus términos para ejercer actos de su
jurisdicción, sin licencia del prelado santiagués y, además, que tenían que
suministrarle una renta anual para comprar el aceite que iluminase la Iglesia
durante los meses de invierno.
El documento fue otorgado
por el emperador Alfonso en Toledo el 20 de febrero de 1130.
Este documento, traducido
del latín, dice: “Puesto que todo aquello considerado como donación por
parte de Reyes, conviene que sea confirmado mediante escrito, yo , Alfonso,
Rey de España, junto con mi esposa la reina doña Berenguela, extiendo este
documento de garantía a vos don Diego, arzobispo de Compostela y a vuestros
sucesores, los clérigos venideros, de vuestra iglesia, sobre la villa llamada
Cakkavelo y cuyos límites se extienden desde las acequias de agua, hasta las
granjas, pasando por la laguna llamada “de los ladrones”, llegando al
“barradelum” y que termina en el límite del río más grande”.
El Rey garantiza los
fueros otorgados a Cacabelos por
mediación de un hombre de confianza para que nadie se atreva a traspasar estos
límites ni siquiera en busca de alguien acusado de hurto u homicidio y si
alguno entrase se le diese muerte”.
Y concluye: “Extiendo y confirmo la donación, para
siempre, y por mi propia voluntad.
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