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| Mª Emma durante la lectura de su pregón |
Buenas noches a todos los vecinos
y vecinas de Cacabelos, a todos los que, por diferentes motivos, os toca vivir
lejos y que en estos días volvéis a casa para disfrutar de las fiestas entre
familia y amigos. Porque si algo tenemos claro todo slos que estamos aquí es que, por
muy lejos que nos vayamos, la tierriña siempre tira.
Mi agradecimiento a la comisión
de fiestas, a Tania, a la alcaldesa Irene y a todo el equipo de gobierno por
acordarse de mí para compartir con todos vosotros este momento. Confieso que cuando me
llamaron me sentí gratamente sorprendida y muy ilusionada. Pensé en todo lo
que tengo que agradecer a Cacabelos y a sus gentes. ¿Qué puedo aportar yo a
mi pueblo? ¿Cómo devuelvo en unas palabras tantos años de cariño?
No sé si puedo devolverlo, pero
sí os puedo contar lo que este pueblo ha hecho en mí.
Pasé mi infancia entre
Carracedelo y Cacabelos. Desde pequeña me apuntaba a casi todo lo que en ese momento
iba apareciendo: practiqué gimnasia rítmica, karate, toqué el violín en la
escuela de música. Estudié aquí, disfruté de veranos largos de baños en el río Cua y
de ver la plaza completamente llena.
Tengo que decir que en casa
siempre resonó un deporte. En Pascua, precisamente aquí, delante del
Ayuntamiento, se congregaba un montón de gente viendo a unos muchachos levantar
pesas, con el público impresionado y alguno que hasta se animaba a salir. Uno
de esos muchachos es mi padre, Juan José.
La halterofilia es un deporte que
ha llevado el nombre de Cacabelos por todo el mundo. Levantadores como Miguel
Ángel López Morán, figura nacional e internacional, Matías Fernández,
que años más tarde sería mi seleccionador en la Blume, y muchos más que me dejo
en el tintero. Siempre bajo la dirección de un hombre que ha sido para mí un
referente de constancia, grandeza y trabajo bien hecho: Santos Uría, en paz
descanse. Un saludo y mi eterno agradecimiento a toda su familia.
Empecé a entrenar halterofilia
con mi hermano mayor, Juan, en Camponaraya en 2004. Y yo creo que sin darme
cuenta, ahí empezó todo.
En aquel momento la halterofilia
no era un deporte en el que se viera a muchas mujeres levantando. Pero a mí me
gustaba y siempre lo tuve claro. Y otra cosa no,pero ya lo dice mi abuela: que a
cabezona no me gana nadie.
También porque antes hubo gente
que abrió camino. Gracias a mis predecesoras, a referentes como Lidia Valentín,
que demostraron que sí se podía y que hicieron que muchas pudiéramos vernos
reflejadas.
Con el tiempo se ha convertido en
una forma de vida para mí, no solo por lo que es, sino por lo que representa.
Porque el deporte te enseña que nadie regala nada, que detrás de cada logro
hay muchas horas que no se ven, muchos días en los que no apetece y muchos
momentos de duda. Te enseña a caerte y a levantarte, a equivocarte y
seguir, a confiar en el proceso incluso cuando los resultados no llegan. Y todo eso
acaba formando parte de ti como persona.
Y hay momentos que no se pueden
contar, solo se pueden sentir. Ese momento antes de levantar, de
conexión con la barra, ese segundo en el que todo se para y solo estás tú…esa
medalla entre tus manos que depende de un movimiento válido que realizas en
un par de segundos. Levantar más de 100kg por encima de tu cabeza. Porque
es un deporte individual, en el que fallas tú y aciertas tú, es difícil de
explicar, pero muy bonito de vivir.
Me comentaban en casa que en
Pascua no solo había halterofilia. También había piragüismo, fútbol sala, carreras
de karts… y detrás, un montón de gente joven implicada en todo ello.
La implicación de los jóvenes es
imprescindible, más aún en los tiempos que vivimos. Por eso tenemos que
educar a los jóvenes en el deporte, porque lo que se aprende ahí se queda para toda
la vida. El deporte, sea cual sea, es salud, es vida.
Después de muchas horas de
gimnasio, competiciones y viajes, me becan en Madrid para entrenar con la
selección española, donde paso seis años compitiendo al más alto nivel. Y
todavía a día de hoy resuenan las palabras de mi madre, Remedios, en la puerta
diciéndome: “si dejas de estudiar, vuelves para casa”. Mamá, gracias por ser
guía.
Entiendo ahora lo duro que fue
para mis padres dejar a su hija de 16 años allí, en Madrid, con dos maletas y muchos
sueños por cumplir. Gracias por confiar en mí y dejarme irme tan joven.
Fueron años intensos,
emocionantes y muy duros, tanto a nivel físico como mental. Llegaron los
primeros resultados internacionales y a la vuelta del Campeonato de Europa, en el que quedé
tercera, lo primero que hice fue ir a ver a nuestra patrona, la Virgen de las
Angustias, a ofrecer mis medallas. Porque cuando uno se va fuera se da cuenta
de lo importante que es de dónde viene, de lo que te sostiene, de lo que te
hace volver.
Mi paso por la cofradía siempre
me ha marcado. Un saludo para todos mis compañeros cofrades, sé que estos días
tenéis tarea, fuerza y ánimo, porque mantener nuestras tradiciones también es
una forma de cuidar lo que somos.
Siempre he vuelto al Bierzo como
refugio, como casa. Volver de competir y que la gente te pare por la calle, que
te pregunte, que se alegre por ti… eso no se puede explicar, eso se siente.
Aquí no eres solo tú, aquí eres parte de algo más grande. El Bierzo es un lugar
para vivir, sí, pero sobre todo es un lugar que construimos entre todos. Con
cómo nos tratamos, con el respeto, con los detalles del día a día. Y eso hay
que cuidarlo, porque no viene solo, depende de nosotros.
Y aquí tenemos mucho que aprender
de nuestros mayores, de cómo han cuidado lo que hoy tenemos. Lo bueno, lo
necesario, lo auténtico… no está a miles de kilómetros. Está aquí. En el
pueblo, en la familia, en los amigos, en lo de siempre.
Y con esa idea siempre he tenido
claro cómo quería hacer las cosas.
Siempre he compatibilizado el deporte con
los estudios porque sabía que algún día esa etapa se terminaría. Y porque me gusta
estudiar, porque disfruto ayudando a los demás, tenía claro que iba a elegir
ciencias de la salud.
Empecé la carrera de Nutrición en 2014 cuando todavía no
tenía las salidas que tiene hoy y aunque me recomendaron elegir otro camino, yo
no lo dudé. No fue un camino perfecto, no terminé en cuatro años, me equivoqué
y pasé uno de los momentos más duros de mi vida
rompiéndome el tendón rotuliano y una lesión de rodilla que me obligó a frenar
en seco y su posterior recuperación durante la pandemia.
Y cuando uno para, piensa, y
cuando piensa, aprende. Y entendí que no todo es línea recta, que a veces hay
que dar un paso atrás para poder seguir avanzando.
Doy gracias porque he tenido
la suerte de dedicarme a lo que me gusta y doy gracias a mi familia porque ha
estado siempre, no solo en los momentos de gloria, también en los momentos
difíciles, que son los que realmente importan.
Y llegó un momento en el que tuve
claro que quería volver tras varios años trabajando en Madrid como
nutricionista. Tenía claro que me iba a dedicar a lo que había estudiado,
costara lo que costara y que si no había oportunidades, habría que crearlas.
Nació
entonces Come con Cabeza, de una idea sencilla. Una clínica de nutrición y psicología
con un objetivo muy claro: mejorar la salud de todo el que confía en nosotros.
Quizás soy yo la cara visible, pero detrás hay mucho más. Nada de esto sería
posible sin mi socio David, el mejor psicólogo del mundo, y sin mi compañera Sara,
que trabaja conmigo mano a mano y día a día. Son el motor de todo esto y a día
de hoy somos una clínica de referencia en la comarca.
Y no soy la única. Nos llaman la generación
perdida, pero en mi quinta, la del 96 de este pueblo, hay empresas, doctorados,
funcionarios y, sobre todo, gente que ha apostado por su tierra.
Personas que volvemos a casa, que
estamos a gusto aquí, que seguimos quedando, que seguimos siendo los
mismos que compartieron aulas en el Bergidum Flavium … porque sabemos
de dónde somos, y eso no se pierde. Gracias, Laura, por mantener a
esta quinta unida.
Y a los jóvenes os quiero decir algo muy claro: luchad por
lo que queréis, por lo que os gusta, no os conforméis. Si tenéis una idea,
perseguidla, aunque cueste, aunque dé miedo, porque muchas veces lo único que
hay entre vosotros y lo que queréis es atreveros a intentarlo.
Porque no hace
falta tenerlo todo claro.
Hace falta empezar.
Y si te
equivocas… no pasa nada. Se aprende, se sigue y ya está.
Porque nada se consigue sin
trabajo.
Nada.
Y las cosas no salen solas.
Salen porque estás, porque
insistes, porque no te bajas a la primera. Y hay momentos en los que te toca
recordártelo.
El año pasado decidí
volver a competir, pero de otra manera, para disfrutarlo más y quitarle
presión. Y no sé cuándo me retiraré, solo sé que ahora lo disfruto de verdad, desde otro punto de vista
sin exigirme como antes y valorando todo lo que hay detrás.
Disfruto del deporte de fuerza,
de lo que me ha enseñado y de lo que me sigue aportando compartiéndolo con mi
padre. Disfruto ayudando a los demás, educando en hábitos de vida saludables y,
en la medida de lo posible, haciendo la vida un poco más fácil a todos los que
me rodean.
Y antes de terminar, me gustaría
dar las gracias.
Gracias a mi familia, a mi hermano Juan, a mis padres, a mis
tíos, a mis abuelos. Gracias a todos los
que habéis formado parte del camino: entrenadores, compañeros, amigos.
Gracias
a mi compañero de vida.
Gracias a este
pueblo, por el cariño, por el apoyo y por hacer que siempre quiera volver.
Y me gustaría terminar con una
frase de una gran amiga, Celia Barquín, que por desgracia ya no está entre
nosotros pero sigue muy presente:
Disfrutad de la vida, cada torneo
que ganéis, cada uno que perdáis. Todo cuenta, todo vale. Estar vivo es el
mejor regalo… y saber que hay alguien querido que piensa en ti ya ni os cuento.
Y ojalá no se nos olvide nunca.
Que
lo importante no es solo lo que conseguimos, sino con quién lo compartimos. Que
lo importante no es hasta dónde llegamos, sino tener siempre un sitio al que
volver.
Y ese sitio… es este.
Es Cacabelos.
Así que disfrutad, vivid estos
días, abrazad a los vuestros, quedaos con lo bueno… porque todo pasa, pero lo
que vivimos aquí se queda para siempre.
Felices fiestas.
¡Viva Cacabelos!