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La plaza de La Encina en
Ponferrada, en donde los Carretones vendían galochas
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Por Roberto Carballo
Se contaba en casa que una vez el matrimonio fue a Asturias a
comprar madreñas al por mayor. Contactaron con una persona en Pola de Somiedo.
Esta persona iba por las aldeas contratando con madreñeros artesanales la
fabricación de galochas en pequeñas cantidades, mientras los abuelos esperaban
en Pola. De esta manera reunieron una gran cantidad de ellas, que fueron
transportadas, supongo que en carros, hasta el ferrocarril. Así llegó a Toral
un vagón entero de madreñas para los carretones.
Pasado un tiempo, los
madreñeros asturianos vinieron a una de las ferias anuales de Cacabelos para,
entre otras cosas, cobrar las madreñas. Se acoplaron en la fonda de la abuela,
donde comían de balde y con buen apetito. Así estuvieron muchos días, no sé si
porque no se les acababa de pagar o porque estaban encantaos con las comidas de
la Carretona. Luego, los abuelos tendrían que vender las galochas con el gasto
añadido de los madreñeros tragones.
La gran cantidad de madreñas que consiguieron los abuelos
posibilitó el poderlas vender en otros lugares, como el mercado de Ponferrada,
que en aquellos primeros años del siglo XX estaba situado en la plaza de la
Encina y alrededores. Así que cada día de mercado en Ponferrada iban para allí
mi padre y mi abuela con un carro de galochas. A la entrada de Ponferrada había
que pagar un impuesto en el fielato por la mercancía que se iba a vender.
Después de pasar por el fielato, mi abuela subía por el Rañadero a la plaza de
la Encina y mi padre para llegar allí daba un rodeo con el carro por lo que hoy
es la calle General Vives. Mi abuela, con el fin de no pagar tanto en el puesto
del fielato, hizo un trato con una señora del barrio de la Encina y dejaba en
casa de ella las galochas que no había vendido el día del mercado; de este
modo, el siguiente día de mercado tenía que pagar menos en el puesto del
fielato. No sé en qué especie le pagaría Ricarda a la señora.
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| La tía
Ricarda, hija de Antonio y Ricarda, haciendo alpargatas |
Además de zapatillas, alpargatas y madreñas, también
empezaron a vender zapatos, sobre todo cuando se acercaba la Pascua. Pero
Ricarda no se conformó con ser vendedora y quiso pasar a ser fabricante. Para
eso “fichó” a un alpargatero profesional de La Rioja, que no era otro que
Sebastián Barrenas (pocos habrá en Cacabelos que se acuerden de él). Él enseñó
a los miembros de la familia de los Carretones a fabricar alpargatas. La tela y
el esparto para hacerlas los importaban de La Rioja y Aragón, mi abuela
estableció buenas relaciones con fabricantes de esas regiones. No sé cuánto
duró la industria de las alpargatas. Sebastián Barrenas, como buen riojano,
también entendía de viñas y vino, pasó a trabajar con mi tío Jesús que se
dedicaba a la viticultura.
Todo esto que hablo de los negocios de mis abuelos fue en la
primera mitad del siglo XX. En Cacabelos entonces, y también en la segunda
mitad de ese siglo, había buenas condiciones para el comercio, con sus ferias y
siendo además centro de comarca.
El abuelo, sea porque adquirió un cierto poder económico o
sea porque era un hombre prudente y cabal, adquirió prestigio y se le pidió más
de una vez opinión para asuntos relevantes en la villa por parte de gente
influyente en el pueblo. Por ejemplo, él y otros fueron a la facultad de
Medicina de Valladolid en busca de un médico para Cacabelos, en busca de uno de
los mejores estudiantes que hubiera pasado por esa facultad. Allí les dijeron
que un muy buen estudiante había sido Santos Rubio y que estaba en su pueblo
(me contaron que el pueblo era Monzón de Campos, en la provincia de Palencia).
El comité de Cacabelos se dirigió al pueblo y allí encontraron a don Santos,
estaba arando en una de las fincas de su padre. Se pusieron de acuerdo y fue
así como don Santos Rubio vino de médico a nuestro pueblo.
En cuanto a los hijos de Antonio y Ricarda, Rosario, Jesús,
Ricarda y Flora se fueron casando. Llegó la Guerra, y la Guerra dio empleo a
unos cuantos varones de la familia. Jesús fue reclutado y, como ya estaba
casado y tenía hijos, lo destinaron a la retaguardia, estuvo en Villamanín. A
Manuel (Noles), el marido de la tía Ricarda, le tocó el frente del Ebro.
Antonio, más mayor, fue llamado a filas cuando ya la Guerra estaba avanzada,
estuvo en la famosa batalla de Teruel y en la parte de Levante. También hubo
empleo en la Guerra para Juan Mourelo, el marido de Rosario; él era herrero y
estuvo a cargo de los caballos de un destacamento de caballería que había en
Ponferrada (los caballos estaban en una edificación anexa a los muros del
castillo, que luego pasó a ser el
restaurante “Las Cuadras”). Juan también herraba y cuidaba los caballos de la
Guardia Civil, encargada de vigilar las zonas mineras y los pasos de montaña
con Asturias.
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| Los
abuelos Antonio y Ricarda con su hija Rosario, detrás, y varios nietos. La foto
es de mediados de los años 30, es posible que fuera tomada en los años de la
Guerra |
Después de la Guerra, sus hermanos ya hacía tiempo que
estaban casados, pero Antonio, el hijo mayor, se mantuvo soltero, más bien
solterón, viviendo en la fonda de su madre, compartiendo mesa y mantel con
otros huéspedes, la mayoría mozos. Un domingo Ricarda preparó una empanada, que
era la comida y también la cena para aquel día. Como era domingo, los chicos
fueron por la tarde al baile. Antonio regresó a casa antes de que el baile
acabara y, encontrándose solo en casa, como tenía hambre, fue a la cocina y
abrió el aparador para coger un cacho de empanada, pero al abrir el mueble vio
encima de la empanada una gata amamantando a los gatiños que había parido
recientemente. Aunque sacó de allí a los animales, no probó bocao de la
empanada. Después llegó Ricarda y sacó la empanada para sus huéspedes, que
llegaron al final del baile con mucha hambre. Antonio estaba presente y, según
contaba él, los chicos comieron la empanada sin dejar ni siquiera el regoxo y
Antonio, mientras tanto, no decía nada. Cuando los mozos ya habían acabado de
comer y estaban felizmente saciados, fue cuando a Antonio se le dio por hablar:
‹‹¿os gustó la empanada? ¿eh?, pues la gata y los gatiños estuvieron toda la
tarde durmiendo encima de ella››. Los comensales parece ser que salieron a la
calle a vomitar y Ricarda quedó en la cocina vomitando maldiciones sobre su
hijo, supongo que lo de condenao y
centelludo fue lo más amable que le dijo.
Ricarda estaba preocupada por aquel hijo que seguía en la
casa, bien atendido por su madre y si aparente intención de casarse. Le repetía
una y otra vez que ella estaba vieja, que iba a morir y que él tenía que
casarse, para no quedar solo y quedar bien atendido. Él, ante tanta
insistencia, una vez con toda su parsimonia le contestó: ‹‹usted muérase cuando
quiera, que yo ya me casaré››. Pues bien, acabó, no sé cómo, casándose con
Celia la Pardala.
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| Cesáreo, el hermano del abuelo Antonio. Posiblemente está en
la finca que tenía cerca de Bilbao |
Al llegar el matrimonio a la vejez, con los hijos casados,
decidieron repartir el “capital”, que consistía en casas, fincas y la tienda de
“La Carretona”. Rosario se había casado con Juan Mourelo, que tenía una
herrería en Camponaraya; Antonio se casó unos años después de la Guerra con
Celia, quedaron con la tienda de calzado de la Plaza; Jesús se había casado con
Antonia Pestaña, se dedicaron a la agricultura y a la elaboración y venta de
vino; Ricarda con Manuel Fernández (Noles), se dedicaron a la agricultura y a
la elaboración de vino; Flora, la menor, se casó con Francisco Garay, enólogo
de Bodegas Guerra. En sus últimos años, Ricarda y Antonio fueron rotando por
las casas de sus hijos, en cada casa estaban una temporada no sé si de uno o
más años.
A pesar de su ancianidad, ellos ayudaban a los hijos, sobre
todo mi abuelo en el tema de los viñedos y de las huertas. Les gustaba también
hacer al menos una visita al año a los parientes de Bilbao, a la familia de
Cesáreo, el hermano de mi abuelo que había quedado allí. Mi abuela, además de a
ver a la familia, iba a hacer la confesión anual con aquel franciscano que
tenía fama de santo porque en la confesión no daba la absolución a las chicas
que hubieran bailao el “agarrao”. El viaje y sus preparativos era todo un
acontecimiento en la familia. La abuela preparaba el viaje con mucha
antelación. Al viaje iba el matrimonio o la abuela con una de las nietas
mayores. El viaje duraba un día o más. Cogían el tren en Toral y hasta allí los
llevaba o bien tío Jesús en su carro o bien Agustín el Castillo en un carro con
dos bancos para que la gente fuera sentada. La abuela llevaba, aparte de las
maletas, más de una cesta de comida, con tortillas hechas con una docena de
huevos, bacalao con tomate, filetes empanados, flanes y galletas. Cuando la
abuela sacaba la comida en el tren, repartía con la gente que iba en el vagón.
Estos viajes serían en los años cuarenta o cincuenta, yo no
los recuerdo. Mi hermano sí los recuerda; y recuerda todo el ajetreo de los
preparativos del viaje a Bilbao. Siendo un niño también lo llevaron a él
montado en el carro de Agustín el Castillo, con buena parte de la familia, a
despedir a los abuelos a Toral y tanto había oído Bilbao, Bilbao…que, en el
camino, al ver las primeras casas de Sorribas, le preguntó al primo ‹‹Susín,
¿ya llegamos a Bilbao?››. Os podéis imaginar el jolgorio que se formó entre los
que iban.
Ricarda y Antonio fueron envejeciendo y los viajes a Bilbao
ya dejaron de hacerse. Murieron a principios de los años sesenta, con pocos
años de diferencia, primero Antonio y luego su mujer. Atrás dejaron una vida
que abarcó el último cuarto del siglo XIX y más de la mitad del XX. Vivieron
bajo monarquías, república, dictaduras que no facilitaron la vida de la gente
corriente como ellos, pero ellos, a pesar de eso, sacaron adelante su familia y
sus negocios.
Vaya esto escrito en memoria de Ricarda y Antonio. Nosotros,
sus descendientes, con admiración hacia ellos, agradecemos el ejemplo que nos
han dejado.
Lo que dejaron Petra y Ángel
La última foto es la de un árbol genealógico hecho por
nuestra prima de Buenos Aires, Alicia, con la técnica del mosaiquismo. En el
centro del tronco del árbol están Petra y Ángel. Como veis, dejaron una familia
muy extensa a uno y otro lado del Atlántico. ¿Qué pensarían ellos si lo vieran?
A nosotros el preparar este relato nos ha valido para estrechar las relaciones
entre todos los miembros de la familia, a conocer a gente que hasta hace poco
no sabíamos que existía, a valorar lo que nuestros mayores hicieron con
trabajo, humildad y cariño hacia los suyos.
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| Árbol genealógico de la familia |
Quiero agradecerle a Carlos de Francisco (Blog Castroventosa) en nombre de toda mi familia la
publicación de estos relatos.
En principio estas historias las escribí para nuestra
familia. Luego él me animó a publicarlas. Alicia, la prima de Buenos Aires,
hizo la parte que relacionada con su familia. Por mi parte animo a otras
familias de Cacabelos a que hagan lo mismo: que averigüen lo que puedan sobre
su pasado, que escriban la historia y que se la den a Carlos para que lo
publique y lo podamos conocer. Carlos me ha dicho que esto ha despertado mucho
interés desde el momento en que salió.